Cómo realizar pronósticos en las apuestas deportivas

Cómo realizar pronósticos en las apuestas deportivas

Si sigues todos los pasos que te describimos en este post, estarás en condiciones de evitar casi todos los errores que cometen los apostantes noveles y que les hacen perder muchísimo dinero. Serás capaz de identificar estrategias avanzadas, como las coberturas o los arbitrajes, aplicar tácticas muy rentables de apuestas en directo y usar correctamente las combinadas para multiplicar tus beneficios.

Si sigues leyendo los siguientes post, aprenderás los procedimientos que emplean los más veteranos para administrar su dinero, unas técnicas que te permitirán mantener bajo control los riesgos y garantizarte una operativa duradera en el tiempo. De hecho, si conoces un poco el mundo de la bolsa te recordarán a las de los traders a la hora de operar.

Todas estas técnicas y métodos debes conocerlos al dedillo y aplicarlos sin dudar. Son imprescindibles para que puedas ganar con las apuestas deportivas, pero, por desgracia, no bastarán para garantizar tu rentabilidad. Son una condición necesaria, pero no suficiente. Para triunfar en las apuestas es necesario algo más.

Debes dominar el arte de pronosticar. Y si puedes, convertirte en un maestro. Si quieres ganar dinero con las apuestas deportivas, tendrás que ser capaz de predecir, mejor que los otros apostantes, los posibles resultados finales de los partidos, los goles que se marcarán o cualquier otra faceta sobre la que pretendas apostar. Como ya hemos comentado, la técnica del arbitraje resulta muy difícil de aplicar en nuestro país debido a las estrecheces de nuestro mercado, así que las posibilidades reales de ganar están en las apuestas direccionales y en el trading deportivo. Ambas estrategias requieren conocer mejor que el resto las probabilidades de los posibles finales.

Para ganar dinero en las apuestas es necesario que elabores pronósticos sobre los partidos, y que estos sean acertados. Más acertados que los de tus rivales. Pronosticar es la parte más interesante y creativa, donde realmente ponemos a prueba nuestros conocimientos del juego y los comparamos con los de los demás. Es esa parte que nos obliga a conocer la trayectoria de los equipos, su situación en la tabla clasificatoria, el estado de forma de los jugadores, el estilo de juego que desarrollan, las tácticas de los entrenadores, y a imaginarnos cómo afrontará el choque cada conjunto en función de sus circunstancias actuales, y de las de los rivales.

Si el equipo más técnico juega en casa y puede escoger el estado del terreno de juego y la altura de la hierba, si el día será lluvioso, lo que dificultará el juego creativo de los equipos, si el árbitro tiende a ser casero y le coarta la presión del público, si los medios de comunicación han calentado el partido afectando a la moral de los jugadores… todos estos factores influyen en el desenlace de un partido de fútbol y, más importante todavía, en la percepción del resultado por parte del público. Porque recordemos que es en realidad al resto de participantes a quienes debemos vencer, y cuyos pronósticos hay que derrotar. Apostar, en el fondo, es un juego donde medimos nuestra capacidad para evaluar los posibles resultados finales de un partido. Y solo ganaremos si lo hacemos mejor que los demás. Para ganar en las apuestas hay que ser un buen pronosticador.

En inglés, se lo denomina tipster. Si quieres triunfar, mejor que seas uno de ellos. No existe una regla fija para pronosticar mejor que los demás. Te diré más: esa regla no puede existir. Apostamos siempre contra otros participantes de un mismo mercado y si hubiera un método infalible y conocido de establecer pronósticos ganadores, lo aplicaría todo el mundo y dejaría de funcionar. Si todos apostáramos conociendo de antemano las probabilidades reales correctas, tan solo ganarían las casas de apuestas, que se embolsarían cómodamente sus honorarios de intermediación sin el riesgo de que el desplazamiento de la línea de apuestas amenazara sus beneficios. De hecho, nadie apostaría.

El spread haría que, sistemáticamente, las probabilidades implícitas fueran mayores que las reales. No habría valor en ninguna apuesta. No se cruzaría ninguna operación. Si todo el mundo fuera capaz de pronosticar con exactitud, el mundo de las apuestas no existiría. Esta es una realidad indiscutible, y su conclusión lógica es muy simple. Seguro que ya la estás pensando. Hay que conseguir ingresar en el grupo de los que aciertan. Como dicen en la bolsa, debemos hacer cuanto esté en nuestras manos para posicionarnos en el lado correcto del mercado.

Ya hemos dicho que no podemos dar una receta infalible para elegir un resultado ganador de manera sistemática, porque ni existe ni puede existir. El mejor consejo que podemos darte es que desconfíes de quien te diga que la tiene, y más si quiere vendértela. Por suerte, hay muchas cosas que puedes hacer para desarrollar tu propio método de análisis y tus capacidades de pronosticador. Con un buen entrenamiento y suficiente dedicación, pueden desarrollarse habilidades para estimar con razonable precisión las probabilidades reales de que un evento deportivo termine con un determinado resultado o se desarrolle según una determinada pauta de juego. No todos lo logran, pero con trabajo, estudio y dedicación, cualquier persona medianamente inteligente puede convertirse en un buen tipster. Así que vamos a explicarte una metodología para que puedas desarrollar tu propio método de pronóstico. Es lo mejor que, honestamente, se puede hacer.

Las dificultades de pronosticar

A la hora de establecer un pronóstico, lo que estamos haciendo es dar una estimación sobre la probabilidad real de que un determinado resultado se dé, para compararlo con lo que piensa el resto de los apostantes. Un partido de fútbol o de cualquier otro deporte nunca está decidido de antemano, porque si así fuera no se disputaría. Puede ser que las probabilidades de que gane un equipo sean mayores a las que gane otro, y por ese motivo haya un favorito. Aun así, no es suficiente. Cuando apostamos, lo hacemos contra una cuota y, como hemos visto, si la cuota es suficientemente atractiva puede ser muy rentable apostar por la derrota del favorito. Por tanto, no nos interesa saber cuál de los dos equipos tiene más posibilidades de ganar, sino ser capaces de estimar las probabilidades de que sucedan todos los posibles resultados de un partido.

Es más, solo con mirar las cuotas puede saberse cuál es el resultado que la mayoría considera más probable, y seguramente coincidiremos con él. Para pronosticar bien, lo que debemos saber es si la cuota refleja la probabilidad real. No es lo mismo una cuota de 2 a la victoria del Real Madrid en casa ante el FC Barcelona, que ante el Getafe. En ambos casos, la cuota nos dice que los merengues son favoritos. Un buen tipster quizás rechace la primera apuesta porque un 50 % de probabilidades de victoria local le parezca excesiva según lleguen los contendientes al partido, mientras que la segunda apuesta seguramente la tomará con los ojos cerrados la gran mayoría de las ocasiones. De hecho, el segundo caso difícilmente llegaríamos a verlo. Aquí está la gracia y a la vez la dificultad de pronosticar. No se trata de saber si es más o menos probable un resultado, sino de ser capaces de cuantificar esta probabilidad o, por lo menos, de justificar si la probabilidad implícita que refleja la cuota es apropiada o no. Y, además, hay que hacerlo antes de que termine el partido, con la incertidumbre no solo de cómo se desarrollará el encuentro, sino de que haya otros factores que puedan influir en él y que no hayamos considerado.

En cierta manera, a la hora de pronosticar se nos pide que saquemos nuestra bola de cristal y adivinemos el futuro. Por suerte, los deportes tienen reglas concretas, tácticas de juego, y quienes las aplican son jugadores de unas características determinadas que obedecen las instrucciones de un entrenador particular. En muchas ocasiones, los partidos siguen unas pautas que podemos prever. De tu conocimiento del juego dependerá que seas capaz de identificar estas pautas con anterioridad e identificar con razonable acierto lo que sucederá. El futuro ciertamente no lo conocemos, pero sí podemos apoyarnos en el pasado. De hecho, toda la información que maneja el ser humano se basa en hechos pasados. Toda. Hasta las leyes físicas que nos parecen más sólidas e inmutables se basan en conclusiones extraídas de experimentos realizados en algún momento anterior al actual.

En el fondo, los modelos científicos no son sino herramientas de predicción, pronósticos de sucesos. Por ejemplo, la siguiente afirmación, «Si suelto una pelota de tenis en mi casa, esta caerá al suelo», no es sino un pronóstico de probabilidad muy elevada, tanto que, por muy alta que dieran la cuota nadie con los pies en el planeta Tierra apostaría contra ello. Sin embargo, hasta que no ejecutemos la acción no tendremos la absoluta seguridad de que será así. No es la Ley de la gravedad de por sí la que obliga a que si dejamos caer tal objeto, este deba dirigirse hacia abajo con certeza absoluta, más que nada porque este fenómeno ya sucedía antes de que Isaac Newton la formulara.

Primero fue la experiencia de la manzana cayendo en su jardín, y luego la identificación de la pauta. Y tuvo que ser tras muchas experiencias y el convencimiento generalizado por parte de la comunidad científica de su validez, cuando alcanzó su estatus de ley universal. Salvando las distancias, con los acontecimientos deportivos debemos actuar de manera similar. Apoyándonos en situaciones pasadas, es decir, en partidos disputados con anterioridad, debemos buscar pautas que nos sugieran posibles desenlaces. Obviamente, no elaboraremos una ley universal con nuestras observaciones, pero de estudiar muchos partidos, de conocer el juego, de recordar los resultados de equipos y jugadores en situaciones similares es de donde debemos extraer la información de base para elaborar nuestros pronósticos. No tenemos otro camino.

El futuro no se puede conocer, como mucho se puede estimar, saber que la probabilidad de que algo suceda es más alta o más baja. Pero hasta que no sucede, no podemos asegurar que las cosas serán así; siempre puede darse una situación que desbarate nuestros pronósticos, un experimento que descarte nuestras hipótesis. La observación del desvío de la trayectoria de la luz de las estrellas durante un eclipse certificó la validez de la Teoría de la relatividad de Albert Einstein, que superaba las venerables leyes de la mecánica newtoniana, fundamento de la física durante casi tres siglos. Si a un genio como fue Newton un simple telescopio vino a invalidarle varias de sus leyes, ¿qué no puede hacerle a nuestros pronósticos un mal día de Messi o una cantada de Casillas en un partido contra el Rayo Vallecano?

Los datos objetivos

La mejor manera de tomar una decisión es empezar considerando los datos objetivos que tenemos, las cosas que no dependen de nuestro juicio. Como ya sabemos, la probabilidad puede entenderse como la frecuencia con la que sucede un determinado acontecimiento. Y nada mejor que una buena estadística para reflejar todo esto. Considerar las estadísticas como primer paso a la hora de elaborar un pronóstico es una precaución no solo sana, sino casi obligatoria. Utilizar estadísticas de manera profesional y siguiendo criterios matemáticos estrictos queda fuera de lo que pretendemos contarte en este libro, pero, por suerte, no es imprescindible ser doctor en matemáticas para apostar con éxito. Ni mucho menos.

Sin embargo, manejar algunas nociones siempre facilita el trabajo, y dotarse de una serie de referencias generales a la hora de considerar los resultados ayuda enormemente. Por ejemplo, alguien que quiera apostar asiduamente en la Liga española debe saber que, de promedio, la frecuencia aproximada de victoria del equipo local es del 50 %, la del empate del 25 %, y la de la victoria visitante de otro 25 %. Este es un dato general que puede ayudarnos a entender las posibilidades de dos equipos similares situados en la zona media de la tabla. Estos números son buenos, y nos sirven muy bien como referencia inicial. Hay otros factores objetivos que influyen, que pueden hacernos desplazar nuestra estimación de la probabilidad en una dirección u otra. Por ejemplo, la clasificación relativa entre los equipos que juegan entre sí, los goles marcados durante la temporada por los equipos, los goles recibidos, la puntuación que llevan…

No es lo mismo que jueguen dos equipos en la zona media de la tabla, donde seguramente estas probabilidades sean muy ajustadas, a que juegue el primero contra el último, donde sin duda estos valores serán muy diferentes. Estos ejemplos ilustran el cuidado que hay que tener a la hora de utilizar estadísticas. Se atribuye a Winston Churchill que pronunciara una frase relativa a las estadísticas muy esclarecedora: «Solo confío en las estadísticas que yo mismo he manipulado». Aunque probablemente esta cita sea apócrifa, no por ello deja de tener un cierto trasfondo de verdad. Los datos pueden organizarse de muchas maneras para arrojar un número determinado, así que siempre que sea posible conviene que las estadísticas las supervisemos nosotros. Escuchar en la radio o en la televisión una cifra sin saber exactamente cómo ha sido obtenida puede inducirnos a error, y a tomar decisiones inadecuadas. Por ello, si puedes, conviene que busques tú mismo la información y elabores tus datos.

Por suerte, encontrar información sobre resultados históricos de acontecimientos deportivos es relativamente fácil hoy en día. En Internet hay muchas bases de datos históricas de temporadas pasadas, los diarios deportivos ofrecen cada semana en sus publicaciones las clasificaciones de los equipos de la temporada actual muy bien desglosadas en victorias, derrotas y empates, tanto en casa como fuera, así como los goles anotados y recibidos. Toda esta información puede servirnos como base para hacer nuestros números o, por lo menos, para hacernos una idea sobre si un equipo es muy poderoso en casa pero débil cuando carece del apoyo de su afición, sobre si su defensa es fuerte porque muchos de sus puntos proceden de empates a cero a domicilio, o bien si gran parte de sus goles vienen de un delantero concreto que en una jornada determinada puede estar lesionado o de baja por sanción.